Reseñas

La morada irreal de Giovanni Astengo. Por Lorenzo Peirano

Giovanni Astengo trabaja una herencia que renueva. La morada irreal de nuestro poeta, nacido en Santiago en 1972, sostiene una postura fundamental: «Un libro soñado el que siempre quisimos leer». Astengo logra una sintonía interior con determinados componentes que constituyen la viga maestra de su morada, «las cosas que hablan por nosotros»; desde la intuición anota: «No somos héroes ni trágicos solo el aire de la mañana / nos define y consuela». De sus maestros –sus maestros mayores- asimila rasgos de revelación: «Todo lo que escriba sobre ti hijo/ ya está viciado, la poesía es solo un decir… /por ser lengua muerta –callo– /silbando el poema que jamás escribí».

Sin retroceder hacia las vanguardias, es decir, prescindiendo de las debilidades de la época, la poesía de Giovanni Astengo aquí nos propone una serie de textos que a veces insinúan y que acercan a nosotros el aire puro de la nostalgia familiar, de los antepasados. Algunos elementos en apariencia simples: una bicicleta, un pisco sour, «los árboles que los abuelos plantaron», adquieren una profunda trascendencia. La poesía de Astengo en su morada irreal trae consigo, sin la menor duda, las enseñanzas del haikú («gotas de rocío de un haikú que no escribí/pero imaginé»); aunque también percibimos en ella una atmósfera que la emparenta con la poesía celta, aquella que nos develó, lejos de fatigosos decorados, el paisaje, la nostalgia, el paso de los años, la melancolía del otoño. Y así, los poemas de La morada irreal se hallan unidos por un esfumado o por un misterio necesario. 

En cuanto a lo formal, este segundo libro del poeta Astengo se expresa a través de una cadencia bien lograda en el complicado arte del verso libre; el corte de los mismos y los espacios de silencio hallan una honda correspondencia con lo expresado por el autor. Se trata de una línea muy delicada que Astengo ha sabido reconocer. La suya es una de las opciones más válidas en el transcurso del desarrollo de la poesía nacional, tan distorsionada por rimados juegos de palabras, por sentencias escatológicas, por mercantiles mensajes revolucionarios, por oscuras negaciones y por descarados dramas de toillete, entre otras curiosidades. 

Celebramos, además, un hecho singular: la reedición de un libro de poesía. El poeta Astengo ha dicho: «Es un libro de hace diez años que Editorial Bordes ha querido rescatar». Y lo ha dicho con modestia, la modestia con que también aborda su oficio poético. Giovanni Astengo, quien escribió esta morada irreal a los 33 años, comprende y asume lo que un poeta debe buscar (no el poder de los civiles, no el alucinar con escenarios). Porque, aparte de todas las consideraciones literarias (de algún modo, «discusiones de modisto»), hay algo sorprendente y cercano en los poemas de este libro que trasciende la composición, el verbo. Alguien ha sentenciado: «es difícil en esta época que los versos contengan poesía»; tal vez sea una exageración. Pero, siguiendo esta sentencia, Astengo rompe la dificultad, el imponente murallón, y todas sus citas y menciones establecen un significado, aunque «el bosque también puede ser aterrador». Y Chagall, Rilke, Alicia. Y Poe y Anguita, a quienes fusiona (Venus y El cuervo): «Apolo y Dyonisios danzan en mi alma/no poder ser uno no poder ser dos/Yo pienso en la muerte y nada más». La cercanía de estos poemas, el ‘yo’. de estos poemas: no un hecho narcisista, sino la manera también de enfrentar la temida e inevitable ‘Dança’, poniendo el pecho, dando la cara a todo lo que conmueve: he ahí el nombre, el yo de un poeta, su inestimable realidad. 

 Machalí, febrero de 2016


 

*Nota del Editor. Poesía de lo breve de Silvia Osorio. Agosto 2016.

Poesía de lo breve de Silvia Osorio, si bien es un libro de poemas de cierta extensión que podría encajar con el epigrama; por el tono y contenido se vincula directamente con el haikú, tipo de composición japonesa antigua, de la que toma dos elementos: el asombro y la emoción.

La poeta y su voz poética que resuena en estas páginas, elimina del plano del significante el yo, al igual que el «haijin» –como se le ha denominado al poeta japonés en este arte– comenzando su viaje por medio de la contemplación de su entorno: la ‘noche’, el ‘mar’ y su movimiento constante, el vuelo de las ‘gaviotas’ y el paso de los días.

En la suma de sus partes, los poemas de Poesía de lo breve obedecen a un plan preestablecido por Silvia Osorio, ya desde el inicio de sus trabajos poéticos, en el que cada uno de éstos, se puede entender como parte de un gran libro, que entrega más interrogantes que respuestas sobre temas que entran en diálogo constante: el ser humano y los centros que lo gobiernan, el origen del universo y el sentido de la vida, la escritura y su trascendencia.

Se produce una mixtura en los poemas de la brevedad, o de la vida –como siento que se deberían llamar–, entre el «haragei», el arte del silencio o de la insinuación (como se manifiesta en el haikú japonés) y la estructura libre de cada uno de los versos que componen este poemario y que permiten entrar con naturalidad, en los soplos y respiros en que Silvia Osorio ha de transcribir el ritmo natural de la vida.

Abrir las páginas del presente libro y dejarse llevar por ellas, es iniciar un viaje a través de lo indecible, los olores y los sabores; experiencias cotidianas que trascienden lo temporal y van desde la conmoción espiritual que contiene –en sí– alegría-melancolía, hacia aquello que poco o nada conocemos: la naturaleza, el pulso de todas las cosas, su esencia.


*Publicado en libro Poesía de lo breve por Juan E. Fernández

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